Garza Mora
En las primeras salidas en kayak por el Delta estaba atento a esquivar todo tipo de olas, sobre todo las que provocaba la colectivera, por la envergadura y la rapidez de estas naves son las mas peligrosas para volcar, sumado a mi nula experiencia como kayakista. Pero con la confianza del porteño pronto le perdí el miedo y me ocupe de disfrutar. Así conocí varios arroyos, casas, muelles y varios vecinos residentes de la zona con infinitas ganas de contar su historia en la isla y el ocaso de sus quintas. Pasar por las aguas de sus muelles es siempre una invitación para el saludo y la cordialidad. Mas de uno pretendió contarme 70 años en 40 minutos.Las salidas a veces eran tan larga que terminaba desorientado y sin fuerzas para volver. Pero luego de algunos calambres e insolaciones pude mejorar en este sentido. Aprovecho para agradecerle a mi padre las veces que me tuvo que ir a remolcar con su lancha.
Además en estos viajes comencé a notar la diversidad de aves, al principio las fotografiaba de curioso, con el tiempo los avistamientos fueron mas interesante. Así fue como en una de las salidas a la altura del 500 sobre el Carapachay entre a paliar sobre unas anchas zanjas de un complejo aparentemente abandonado. A mitad de camino me frena el cuidador y me explica que es privado. Atine a la explicación mas vulgar y sin sentido diciendo “ ha!, no sabia”, pero alcanzo para entablar una conversación y que el cuidador finalmente me seda el paso para terminar de recorrer la propiedad.Terminando el terreno llegue hasta una laguna artificial donde encontré perchando como una elegante estatua a una Garza Mora, Inmóvil y solitaria esperando para cazar algún pez. Con pequeños movimientos de pala comencé acercarme, pero a medida que acortaba la distancia aumentaba la incomodidad de la garza. Ambos esperábamos el momento exacto para la acción. De mi parte para fotografiar su vuelo y la garza para emprender la fuga. Hasta el momento es mi mejor registro de esta especie.
Quiero dedicar esta columna a Ricardo de Virreyes, quien nos regala a diario la admiración que tiene en particular con esta hermosa ave.Es un regalo divino ser observador y testigos de la naturaleza y Ricardo viajando todos los días a la escuela en la colectivera no pierde oportunidad para deleitarse con este espectáculo único.


